Vaia por diante que eu son moi chorona. Choro por calquera cousa. Choro nas películas. Nas vodas. No aniversario da avoa Lita. Choro porque si. E choro porque non. Co paso dos anos e o peso da vida por veces asáltame unha canseira moi vella que me paraliza producíndome unha forte dor no peito. Disque eso se chama somatizar. Eu que sei. Teño dabondo con loitar para convertir as bágoas nun salvavidas que me baleire de lixo e non nun labirinto emocional de autocompadecemento. Así vou trampeando. E gracias.
O malo de ser autónoma e que non podes facer outra cousa que chorar. De impotencia. De rabia. De desgaste. Así un día e outro tamén. Todo antes de vender a prezo de saldo a túa suor e dedicación e fechar a porta coa derrota apegada ao lombo. Non serías a primeira, nin moito menos a última. A morea de negocios locais que botaron o ferrollo é longa coma a fileira do paro a que vas ir parar. Si ohh, ven coñeces o conto, pero antes has botar a alma pola boca se fai falla.
Hai días nos que es quen de coutar o pranto. Nos que facendo un exercicio de vontade esfregas a cara coa auga fría da billa e ata dirías que che gusta a muller que ves. Reflectirse nos espellos e autoanalizarse ás veces é todo un. Coma unha operación automática na que conclúes : - coma sempre eu turrando da vida. Domesticando a fraxilidade emocional de cada espertar con café negro e moito, moito azucre. A vida xa é agre dabondo. Nonsi? – Dis para os teus adentros.
Convénceste a ti mesma, triste, silandeira, con tino de non espertar a familia que durme allea a túa psicoanalise chafulleira sen diván. Durmén alleos ao teu pánico. Engules unha pilula de lorazepán e deseguido un grolo de café morno que de seguro non harmonizan moi ben. Éche o que hai. Precisas da química e da cafeína a partes iguais. Neses días xorde en ti unha muller forte. A que sempre fai xirar a roda. A que arranxa. A que amaña. A que avia. A que arromba. A que atura o que teña que aturar con ise conformismo feminino que nos enxertan no berce. A que resiste as lerias todas do mundo. A que igual da merendas e apertas que rifa para endereitar o que se pode torcer en calquera intre no que ti estás ausente nesas longas xornadas laborais de dez horas. De luns a domingo. – Puto Nadal-.
Choras porque si. Porque te esclaviza.
Choras porque non. – Porque non compredes en domingo!.
Esto non hai quen o ature. Consumismo de merda. Regaládelle tempo, joder. Ese que eu non teño. Regaládelle tempo ós fillos, á parella. Á vos mesmos. Á vós mesmas. Non hai mellor agasallo.- Dilo en voz alta co convencemento de quen sabe do que fala. De quen ceiba o que lle proe na gorxa.
Hai outros días nos que conforme escoitas o pitido estridente do espertador aparruñando polas paredes do cuarto, érguese contigo unha muller que te fagocita. Coma se foras un corpo oco. Un oso sen médula. Dispoñible para ocupalo e dirixilo o seu antollo coma un monicreque. Días como o de hoxe que che chega o pedido das bolsas. Tres mil nada menos. E a cor de teu anagrama non é a correcta. E tes que remoelo porque sabes que sería unha faena devolvelas por unha insignificancia. E ti non es así. Ata miras con zuna para a cor azul “Venecia” que nada che fixo co seu irritante matiz máis claro que o que habitualmente empregas. Días que chaman da xestoría para advertirche que estás gastando de máis. Que te andes con ollo ou non vai haber Deus que cadre as contas. Días nos que chove a auga toda do inverno e a vila parece durmida e nin rata che entra pola porta. Días nos que volve soar o mesmo teléfono porque un proveedor de contabilidade minuciosa e interesada che reclama unha factura que xa pagaches. Días nos que se funde un dos focos que ilumina o escaparate que fica chosco contra o vidro escuro. E se sobes os chanzos da escaleira para amañalo vanche estoupar os miolos. Ris coa desesperación. Ti apegadiña o chan, pola vertixe que sintes. E a naúsea a vestir os beizos. Corpo a terra. A cuberto. Hoxe disparan a dar e non che quedan forzas. Non es quen de deixar de chorar outra vez. Unha vez máis. E reflexionas con desacougo – Merda de choio. Quen me mandaría ser autónoma – Pero de socate a muller que loita ven no teu rescate e nun falar bisbado diche – mañá e outro día. Doutras peores saímos. Desta tamén. Ti sábelo -. E fas as paces contigo mesma. Por non te mancar máis. Pero se alguén se lle ocorre falarche de ser emprendedora. Sentíndoo moito vasllerabenar as ilusións. Ensinarlle a cara oculta da lúa. A que non sae nos xornais. A que vai por dentro. A que antes abrolla nun relato que nunha noticia.
miércoles, 20 de marzo de 2019
lunes, 11 de marzo de 2019
PASEOS NOCTURNOS (Javier de la Iglesia)
Salí a pasear otra vez de madrugada impulsado por el insomnio que sufrimos los que pasamos los días y las noches en soledad. El sonido nocturno del mar era algo que me relajaba en exceso. Y otra vez estaba ahí, como una aparición, vestido o vestida de negro. Nunca había sabido si era hombre o mujer, real o fantástico, un fantasma o una persona de carne y hueso. Lo había visto varias noches cuando salía a pasear, siempre de lejos. Nunca me acercaba porque en el fondo me inspiraba un poco de miedo. Las leyendas que contaban las viejas del pueblo no hacían más que azuzar mi imaginación y aterrarme cada madrugada que lo o la encontraba paseando por la orilla.
Las historias decían que en la mansión de las altas torres vivía un alma errante que salía por las noches a pasear y que nunca de día se había visto por las calles.
Yo, que nunca hacia caso de leyendas urbanas. Yo, que me reía de aquellas viejas supersticiosas, me hallaba parado en la arena mirando aquella figura casi espectral, que siempre que veía en mis paseos nocturnos conseguía acentuar el poco miedo que en mi existía.
Se giró y me miró. Era la primera vez que estaba tan cerca de mí y pude apreciar sus rasgos. Su rostro era bello y muy blanco, sus ojos claros en exceso y sus facciones suaves y delicadas. Algo había en él que me inspiraba terror y adicción a la vez. No pude distinguir si era hombre o mujer. Demasiado bello y pulido para ser hombre y demasiado rudo a la vez para ser mujer. Lo cierto es que despertó en mi algo inquietante, atrayente, adictivo, pasional y sin quererlo comencé a andar hacia aquel ser sin sacar la vista de sus casi transparentes ojos azules. Parecía haberme abducido y yo seguía su posesión sin poner traba. Llegué hasta… ¿Él? ¿Ella? No sé, estábamos con los rostros casi pegados y surgió una pasión enfermiza y oscura que me arrastraba a sus brazos. Se sentó en la arena y me arropó como a un niño. Nunca me había sentido tan bien como en su regazo. Acercó los labios a mi mejilla y la besó. Estaban fríos, pero eran suaves. Sentía su respiración en mi piel, viajando desde mi pómulo hasta mi cuello y de pronto sentí sus dientes penetrar en mí. Los ojos se me abrieron momentáneamente como nunca antes y absorbí una bocanada del aire frio de la noche. Todo mi cuerpo sufrió una plenitud que nunca había experimentado y un fluir de energía que nunca había tenido. Placer, placer extremo y oscuro. Había algo muy pasional, erótico, crepuscular en aquel contacto que me llenaba mortalmente de vida. Todo mi cuerpo parecía despertar a algo nuevo. Los ojos se me entornaron mientras duró aquella vivencia placentera.
Un suspiro salió de lo más profundo de mí y cuando abrí los ojos ya no estaba aquel… ser ¿Hombre? ¿Mujer? ¿Real? ¿Irreal? No lo sé. Lo único que sé es que cuando me mire en el mar iluminado por la luna, el reflejo que me devolvió era a mí mismo resplandeciente, lleno de vitalidad y energía, pleno, con el rostro más pálido que nunca, mis ojos verdes más brillantes que el sol y la marca de una mordida vampiresa en el lado izquierdo de mi cuello.
Las historias decían que en la mansión de las altas torres vivía un alma errante que salía por las noches a pasear y que nunca de día se había visto por las calles.
Yo, que nunca hacia caso de leyendas urbanas. Yo, que me reía de aquellas viejas supersticiosas, me hallaba parado en la arena mirando aquella figura casi espectral, que siempre que veía en mis paseos nocturnos conseguía acentuar el poco miedo que en mi existía.
Se giró y me miró. Era la primera vez que estaba tan cerca de mí y pude apreciar sus rasgos. Su rostro era bello y muy blanco, sus ojos claros en exceso y sus facciones suaves y delicadas. Algo había en él que me inspiraba terror y adicción a la vez. No pude distinguir si era hombre o mujer. Demasiado bello y pulido para ser hombre y demasiado rudo a la vez para ser mujer. Lo cierto es que despertó en mi algo inquietante, atrayente, adictivo, pasional y sin quererlo comencé a andar hacia aquel ser sin sacar la vista de sus casi transparentes ojos azules. Parecía haberme abducido y yo seguía su posesión sin poner traba. Llegué hasta… ¿Él? ¿Ella? No sé, estábamos con los rostros casi pegados y surgió una pasión enfermiza y oscura que me arrastraba a sus brazos. Se sentó en la arena y me arropó como a un niño. Nunca me había sentido tan bien como en su regazo. Acercó los labios a mi mejilla y la besó. Estaban fríos, pero eran suaves. Sentía su respiración en mi piel, viajando desde mi pómulo hasta mi cuello y de pronto sentí sus dientes penetrar en mí. Los ojos se me abrieron momentáneamente como nunca antes y absorbí una bocanada del aire frio de la noche. Todo mi cuerpo sufrió una plenitud que nunca había experimentado y un fluir de energía que nunca había tenido. Placer, placer extremo y oscuro. Había algo muy pasional, erótico, crepuscular en aquel contacto que me llenaba mortalmente de vida. Todo mi cuerpo parecía despertar a algo nuevo. Los ojos se me entornaron mientras duró aquella vivencia placentera.
Un suspiro salió de lo más profundo de mí y cuando abrí los ojos ya no estaba aquel… ser ¿Hombre? ¿Mujer? ¿Real? ¿Irreal? No lo sé. Lo único que sé es que cuando me mire en el mar iluminado por la luna, el reflejo que me devolvió era a mí mismo resplandeciente, lleno de vitalidad y energía, pleno, con el rostro más pálido que nunca, mis ojos verdes más brillantes que el sol y la marca de una mordida vampiresa en el lado izquierdo de mi cuello.
lunes, 4 de marzo de 2019
ARENAS MOVEDIZAS (Javier de la Iglesia)
1894
La revolución de Piérola había dejado Lima sembrada de cadáveres. Podía dar buena nota de ello. La revuelta de los pierolistas contra las tropas del presidente Cáceres no hizo otra cosa que dejar incertidumbre en todas partes del país en estos años de final de siglo. A consecuencia de esto mucho de los habitantes del Perú, más en concreto de la capital, abandonaban el país, y entre ellos allí me hallaba yo en el puerto de Lima, esperando a coger el barco. Solo con dos cosas en las manos: un billete con destino a Europa, lugar que nunca iba a llegar a pisar, y una maleta con todo lo que me había quedado del pasado y me hacía falta para el futuro: una soga.
Qué triste era despedirse de tu tierra natal con solo una maleta cargada con todo lo que necesitabas y pesase tan poco. Lo que si pesaba eran todos los recuerdos, muchos de ellos buenos pero aniquilados por los fatales acontecimientos finales. Me había quedado solo en el mundo. Y no hacía más que preguntarme porque Dios había sido tan infinitamente cruel al llevárselos a ellos y dejarme solo a mí. Llevaba dos cuchilladas clavadas en el corazón con las palabras “hijos míos”, un profundo corte llamado amor y miles de rascaduras con los nombres de todos aquellos que tenían un lugar en él.
Antes de subir la escalerilla mire atrás, con la tonta esperanza que nos hace creer en los milagros, pensando que volverían a aparecer para decirme que no me fuese, pero lo único que encontraba era a miles de peruanos, que, como yo, huían del terror de los acontecimientos hacia un mundo desconocido esperando encontrar algo mejor. Qué triste es partir sin que haya nadie que pueda despedirte.
Una vez en el vapor, me arrime a la barandilla de cubierta y me quede con la mirada absorta hacia tierra adentro sintiendo el leve movimiento del barco.
* ¿Viaja solo? – oí a mi lado.
Sin sacar los ojos de donde los tenía conteste un triste “Si”. Cuando volví la vista, había un hombre mayor a mi lado, con miles de historias vividas acumuladas en las miles de arrugas que formaban su rostro:
* Si – volví a decirle mirándole a sus ojos hundidos que casi no se veían a causa de lo bajo que llevaba el sombrero.
Aquel hombre no sabía que toda mi familia y amigos, a consecuencia de los acontecimientos, se habían quedado tras una placa en la que rezaba la apocalíptica frase “Descanse en paz”
Me di media vuelta y empecé a andar por cubierta para llegar a mi camarote. Ya cuando llevaba unos pasos oí la misma voz:
* Siempre hay un camino.
* Es difícil andarlo cuando uno se mueve en arenas movedizas – le conteste volviéndome – pero sé que rumbo toma mi camino. A eso he venido – dije mientras volvía a avanzar entre los demás pasajeros.
La noche se cerró ya en alta mar. Cogí mi maleta con todo el ligero equipaje que llevaba y salí de mi compartimento dirigiéndome a cubierta. Me pegué a la barandilla oyendo el sonido del mar que tanto me gustaba. Era el lugar perfecto. En medio del océano en la oscuridad de la noche, solo, sin que nadie me viese. Dejé la maleta en el suelo y la abrí. Saqué la gorda cuerda ya preparada y la sostuve en mi mano mientras una amarga lágrima recorría mi mejilla mirando a la soga y viéndola como mi única solución de futuro. Agarré la barandilla y la zarandeé, comprobando que era lo suficientemente firme para aguantar con mi peso. Respire hondo por última vez, un suspiro dedicado a todos aquellos que quedaban tras la mortuoria placa. Mire al cielo estrellado envuelto por la fría brisa del océano y en ese momento se me vinieron a la mente las palabras de aquel viejo señor que también parecía viajar solo. Retumbaban en mi cabeza una y otra vez, oyéndolas cada vez más alto: “Siempre hay un camino”
¡Un camino! Mis pies no sabían andarlo. Las arenas que pisaba no se llamaban estabilidad. Busqué las tres estrellas que más brillaban en el cielo y curiosamente las encontré juntas, parecían abrazarse entre ellas y lanzar un destello especial cuando las localicé. Les dedique una triste sonrisa y tres lágrimas corrían abrazadas por mi mejilla de nuevo. Volví a respirar hondo mientras miraba la gorda cuerda y…… en un acto impulsivo tiré la soga por la borda, viendo cómo se alejaba flotando en el agua. Un último pensamiento me hizo ver la frase de otra manera “Siempre hay un camino”
Tal vez mañana las arenas bajo mis pies se vuelvan firmes.
La revolución de Piérola había dejado Lima sembrada de cadáveres. Podía dar buena nota de ello. La revuelta de los pierolistas contra las tropas del presidente Cáceres no hizo otra cosa que dejar incertidumbre en todas partes del país en estos años de final de siglo. A consecuencia de esto mucho de los habitantes del Perú, más en concreto de la capital, abandonaban el país, y entre ellos allí me hallaba yo en el puerto de Lima, esperando a coger el barco. Solo con dos cosas en las manos: un billete con destino a Europa, lugar que nunca iba a llegar a pisar, y una maleta con todo lo que me había quedado del pasado y me hacía falta para el futuro: una soga.
Qué triste era despedirse de tu tierra natal con solo una maleta cargada con todo lo que necesitabas y pesase tan poco. Lo que si pesaba eran todos los recuerdos, muchos de ellos buenos pero aniquilados por los fatales acontecimientos finales. Me había quedado solo en el mundo. Y no hacía más que preguntarme porque Dios había sido tan infinitamente cruel al llevárselos a ellos y dejarme solo a mí. Llevaba dos cuchilladas clavadas en el corazón con las palabras “hijos míos”, un profundo corte llamado amor y miles de rascaduras con los nombres de todos aquellos que tenían un lugar en él.
Antes de subir la escalerilla mire atrás, con la tonta esperanza que nos hace creer en los milagros, pensando que volverían a aparecer para decirme que no me fuese, pero lo único que encontraba era a miles de peruanos, que, como yo, huían del terror de los acontecimientos hacia un mundo desconocido esperando encontrar algo mejor. Qué triste es partir sin que haya nadie que pueda despedirte.
Una vez en el vapor, me arrime a la barandilla de cubierta y me quede con la mirada absorta hacia tierra adentro sintiendo el leve movimiento del barco.
* ¿Viaja solo? – oí a mi lado.
Sin sacar los ojos de donde los tenía conteste un triste “Si”. Cuando volví la vista, había un hombre mayor a mi lado, con miles de historias vividas acumuladas en las miles de arrugas que formaban su rostro:
* Si – volví a decirle mirándole a sus ojos hundidos que casi no se veían a causa de lo bajo que llevaba el sombrero.
Aquel hombre no sabía que toda mi familia y amigos, a consecuencia de los acontecimientos, se habían quedado tras una placa en la que rezaba la apocalíptica frase “Descanse en paz”
Me di media vuelta y empecé a andar por cubierta para llegar a mi camarote. Ya cuando llevaba unos pasos oí la misma voz:
* Siempre hay un camino.
* Es difícil andarlo cuando uno se mueve en arenas movedizas – le conteste volviéndome – pero sé que rumbo toma mi camino. A eso he venido – dije mientras volvía a avanzar entre los demás pasajeros.
La noche se cerró ya en alta mar. Cogí mi maleta con todo el ligero equipaje que llevaba y salí de mi compartimento dirigiéndome a cubierta. Me pegué a la barandilla oyendo el sonido del mar que tanto me gustaba. Era el lugar perfecto. En medio del océano en la oscuridad de la noche, solo, sin que nadie me viese. Dejé la maleta en el suelo y la abrí. Saqué la gorda cuerda ya preparada y la sostuve en mi mano mientras una amarga lágrima recorría mi mejilla mirando a la soga y viéndola como mi única solución de futuro. Agarré la barandilla y la zarandeé, comprobando que era lo suficientemente firme para aguantar con mi peso. Respire hondo por última vez, un suspiro dedicado a todos aquellos que quedaban tras la mortuoria placa. Mire al cielo estrellado envuelto por la fría brisa del océano y en ese momento se me vinieron a la mente las palabras de aquel viejo señor que también parecía viajar solo. Retumbaban en mi cabeza una y otra vez, oyéndolas cada vez más alto: “Siempre hay un camino”
¡Un camino! Mis pies no sabían andarlo. Las arenas que pisaba no se llamaban estabilidad. Busqué las tres estrellas que más brillaban en el cielo y curiosamente las encontré juntas, parecían abrazarse entre ellas y lanzar un destello especial cuando las localicé. Les dedique una triste sonrisa y tres lágrimas corrían abrazadas por mi mejilla de nuevo. Volví a respirar hondo mientras miraba la gorda cuerda y…… en un acto impulsivo tiré la soga por la borda, viendo cómo se alejaba flotando en el agua. Un último pensamiento me hizo ver la frase de otra manera “Siempre hay un camino”
Tal vez mañana las arenas bajo mis pies se vuelvan firmes.
martes, 26 de febrero de 2019
LA PROCESIÓN (Ángeles Madriñan)
Yo iba de la mano de mi madre, con mis zapatos rojos de charol arrogante y un vestido que se derramaba en lazos. El pelo largo cuidadosamente trenzado y toda la certeza de la que uno es capaz con nueve años de que en aquel cuerpo no cabía mi alma. Un alma pura, indómita, de niña-niño, con el pelo crespo, corto y despeinado, deportivas de puntera desgastada y vaqueros que heredaba de mi primo Javier dos años mayor que yo. Un parentesco que me permitía cobijarme en las herencias.
En la procesión del Corpus reinaba un silencio antiguo, acunado por el compás de los fieles, que parecían ponerse de acuerdo para caminar al mismo ritmo. Miré a mi madre, incómoda como estaba en el envoltorio festivo y ella me devolvió la sonrisa. Al perderme en su mirada encontré algo que desde hacía tiempo buscaba. El orgullo íntimo que proporciona el alma libre para acomodarse a cualquier cuerpo. El cuerpo que te viste y te calza cada amanecer desnudo. Ella no lo sabía. No sabía quien era yo. Su hija con vestido color pastel. La más hermosa de todas. De todos. La quise tanto o más porque estaba ciega y yo aprendiendo a mirar.
Al fondo se veía la Plaza del Santo Cristo, donde muchos abandonaban el recogimiento y se perdían por los soportales para tomar los mejores helados de la ciudad. También yo quise salirme de la fila y me arranqué a escondidas uno de los lazos. Tardé años en arrancarme todo aquello que no me pertenecía.
En la procesión del Corpus reinaba un silencio antiguo, acunado por el compás de los fieles, que parecían ponerse de acuerdo para caminar al mismo ritmo. Miré a mi madre, incómoda como estaba en el envoltorio festivo y ella me devolvió la sonrisa. Al perderme en su mirada encontré algo que desde hacía tiempo buscaba. El orgullo íntimo que proporciona el alma libre para acomodarse a cualquier cuerpo. El cuerpo que te viste y te calza cada amanecer desnudo. Ella no lo sabía. No sabía quien era yo. Su hija con vestido color pastel. La más hermosa de todas. De todos. La quise tanto o más porque estaba ciega y yo aprendiendo a mirar.
Al fondo se veía la Plaza del Santo Cristo, donde muchos abandonaban el recogimiento y se perdían por los soportales para tomar los mejores helados de la ciudad. También yo quise salirme de la fila y me arranqué a escondidas uno de los lazos. Tardé años en arrancarme todo aquello que no me pertenecía.
lunes, 18 de febrero de 2019
LA PROCESIÓN DE LA MUERTE (Javier de la Iglesia)
Yo soy un enamorado de la historia. Y para escribir este relato me inspiré en los hechos reales que acaecieron hace muchos años en España y en un personaje, que, en mi opinión, es uno de los más interesantes y maltratados de la historia de nuestro país.
Octubre florecía, y por esa época las noches en Castilla empezaban a caer frías. A la luz de un candil una mujer cosía los desperfectos del viejo jubón de su marido que dormía plácidamente en el lecho nupcial. Entre puntada y puntada echaba un ojo a través de los viejos cristales estallados de la antigua ventana. Al otro lodo se extendían los yermos campos de Castilla bañados por la oscuridad de la noche, unos campos que parecían ser eternos, que se mezclaban en el horizonte con el cielo del anochecer. En un punto de ese lugar, donde la tierra se unía con el cielo, apareció algo que la distrajo de su delicada labor. A lo lejos, donde se empezaba a ver aquel agreste sendero que atravesaba los campos castellanos, empezó a aparecer una luz parpadeante que pronto se vió acompañada por otras más. A ella se le cayó la aguja de la mano, quedando suspendida en el aire gracias al hilo que la enhebraba.
¿Acaso serian verdad los rumores que circulaban por tierras castellanas en aquellos tiempos? El cuerpo se le heló solo de pensarlo. La piel de sus brazos se le volvió de gallina, separándosele todos los pelos del cuerpo volviéndose escarpias.
Se decía que salía por las noches, cruzando los campos castellanos envueltos en la oscuridad, solo iluminados por las velas que acompañaban la mortuoria peregrinación. Decían que se disponía a avanzar hasta Granada, pero llenaba de miedo todos los pueblos por donde pasaba.
La mujer abrió la ventana para poder verlo mejor pues los cristales estallados se lo impedían. Aquella procesión de luces seguía avanzando y cada vez se hacía más grande y cercana. La brisa de la noche agitaba las llamas de las velas, sin apagarlas, haciendo que el olor de la cera llegase hasta la casa, aportando más miedo aún. Ya no había duda. Los rumores eran ciertos: La procesión de la muerte.
Algo la impulsó a salir de la casa. Al abrir la puerta ya se empezaban a oír. Se acercaban el olor a cera, el murmullo de los rezos acompañado por el tintineo de los rosarios, el cíclico chirrío de las ruedas del carromato que llevaba aquel regio féretro que presidía la comitiva fúnebre. La oscuridad de la noche le aportaba un aspecto más tétrico si se podía aún.
Ya se había acercado demasiado, ahora podía verlo todo pasando por delante de sus ojos. Detrás del carro que transportaba el ataúd real iba ella, la reina que todos dieran en llamar “La loca” Las caras se encontraron en medio del murmullo de las damas de la corte que la acompañaban y el crepitar de las llamas de las velas que aportaban una tenue luminosidad a la noche. Los ojos de aquella pobre reina estaban llenos de lágrimas contenidas. Su rostro ojeroso y triste mantenía la entereza que la caracterizaba. Era la cara de una mujer muerta en vida, su alma iba acostada dentro de aquel féretro con los restos insepultos de aquel funesto y perverso rey del que ella se había enamorado enfermizamente, aun sabiendo que había sido un hombre cuya crueldad era inversamente proporcional a su hermosura. Las miradas de ellas se tropezaron y la mujer no pudo menos que hacer una reverencia ante la reina de Castilla, que se había parado delante de ella. Cuando se levantó de la genuflexión, la desdichada soberana le esbozó una triste sonrisa y siguió su luctuoso camino.
La mujer se quedó mirando a la procesión hasta que desapareció a lo lejos, apenada por aquella hija de la gran reina Isabel, cuya única locura había sido la del amor, que caminaba errante por los nocturnos campos de Castilla en avanzado estado de gestación detrás de los despojos del hombre que le había robado la vida. Despojos que admiraba cada vez que paraban en el siguiente pueblo, abriendo el ataúd y volviéndolo a cerrar después de rezar una oración por el alma de aquel cuerpo que poco a poco se iba momificando. Todo él menos el corazón, que una vez muerto se lo habían sacado y mandado a Flandes, un corazón con el que se había marchado también el alma de aquella reina a la que el pueblo llamaba, cariñosamente: “Doña Juana, La loca”
LA PROCESIÓN DE LA MUERTE
Octubre florecía, y por esa época las noches en Castilla empezaban a caer frías. A la luz de un candil una mujer cosía los desperfectos del viejo jubón de su marido que dormía plácidamente en el lecho nupcial. Entre puntada y puntada echaba un ojo a través de los viejos cristales estallados de la antigua ventana. Al otro lodo se extendían los yermos campos de Castilla bañados por la oscuridad de la noche, unos campos que parecían ser eternos, que se mezclaban en el horizonte con el cielo del anochecer. En un punto de ese lugar, donde la tierra se unía con el cielo, apareció algo que la distrajo de su delicada labor. A lo lejos, donde se empezaba a ver aquel agreste sendero que atravesaba los campos castellanos, empezó a aparecer una luz parpadeante que pronto se vió acompañada por otras más. A ella se le cayó la aguja de la mano, quedando suspendida en el aire gracias al hilo que la enhebraba.
¿Acaso serian verdad los rumores que circulaban por tierras castellanas en aquellos tiempos? El cuerpo se le heló solo de pensarlo. La piel de sus brazos se le volvió de gallina, separándosele todos los pelos del cuerpo volviéndose escarpias.
Se decía que salía por las noches, cruzando los campos castellanos envueltos en la oscuridad, solo iluminados por las velas que acompañaban la mortuoria peregrinación. Decían que se disponía a avanzar hasta Granada, pero llenaba de miedo todos los pueblos por donde pasaba.
La mujer abrió la ventana para poder verlo mejor pues los cristales estallados se lo impedían. Aquella procesión de luces seguía avanzando y cada vez se hacía más grande y cercana. La brisa de la noche agitaba las llamas de las velas, sin apagarlas, haciendo que el olor de la cera llegase hasta la casa, aportando más miedo aún. Ya no había duda. Los rumores eran ciertos: La procesión de la muerte.
Algo la impulsó a salir de la casa. Al abrir la puerta ya se empezaban a oír. Se acercaban el olor a cera, el murmullo de los rezos acompañado por el tintineo de los rosarios, el cíclico chirrío de las ruedas del carromato que llevaba aquel regio féretro que presidía la comitiva fúnebre. La oscuridad de la noche le aportaba un aspecto más tétrico si se podía aún.
Ya se había acercado demasiado, ahora podía verlo todo pasando por delante de sus ojos. Detrás del carro que transportaba el ataúd real iba ella, la reina que todos dieran en llamar “La loca” Las caras se encontraron en medio del murmullo de las damas de la corte que la acompañaban y el crepitar de las llamas de las velas que aportaban una tenue luminosidad a la noche. Los ojos de aquella pobre reina estaban llenos de lágrimas contenidas. Su rostro ojeroso y triste mantenía la entereza que la caracterizaba. Era la cara de una mujer muerta en vida, su alma iba acostada dentro de aquel féretro con los restos insepultos de aquel funesto y perverso rey del que ella se había enamorado enfermizamente, aun sabiendo que había sido un hombre cuya crueldad era inversamente proporcional a su hermosura. Las miradas de ellas se tropezaron y la mujer no pudo menos que hacer una reverencia ante la reina de Castilla, que se había parado delante de ella. Cuando se levantó de la genuflexión, la desdichada soberana le esbozó una triste sonrisa y siguió su luctuoso camino.
La mujer se quedó mirando a la procesión hasta que desapareció a lo lejos, apenada por aquella hija de la gran reina Isabel, cuya única locura había sido la del amor, que caminaba errante por los nocturnos campos de Castilla en avanzado estado de gestación detrás de los despojos del hombre que le había robado la vida. Despojos que admiraba cada vez que paraban en el siguiente pueblo, abriendo el ataúd y volviéndolo a cerrar después de rezar una oración por el alma de aquel cuerpo que poco a poco se iba momificando. Todo él menos el corazón, que una vez muerto se lo habían sacado y mandado a Flandes, un corazón con el que se había marchado también el alma de aquella reina a la que el pueblo llamaba, cariñosamente: “Doña Juana, La loca”
martes, 12 de febrero de 2019
¿CÓMO TE LLAMAS? (Javier de la Iglesia)
Abrí los ojos. Todo estaba oscuro en mi habitación en el cuarto piso del edificio. Los números fluorescentes del reloj digital no alumbraban ¿Se había ido la luz? Estiré la mano y lo comprobé en la llave; efectivamente se trataba de un corte en la línea eléctrica. Me incorporé en la cama, inquieto, pero las campanas de la catedral, que sonaban a lo lejos, me tranquilizaron. Anunciaban los ocho de la mañana. Aún tenía tiempo.
A oscuras me levanté y fui hacia la ventana. Busqué a tientas la tira de la persiana y la subí. En ese instante el cuerpo se me heló a pesar del calor de los rayos del sol, que a través del cristal, se posaban en mi piel. Era como si se convirtiesen en mil cuchillos clavándoseme por
todo el cuerpo de forma agónica. Cerré los ojos y los volví a abrir. Todo seguía a oscuras. Las piernas me empezaron a temblar y mi respiración se aceleró. Un sudor frio afloró por todo mi cuerpo y perdí el equilibrio hasta que mis manos encontraron la pared. Entonces recordé las palabras del médico después de mencionar aquella cifra tan corta: “El principio del fin empezará por la ceguera”
Me lleve la mano a la cabeza tirándome de los pelos. Quise gritar, pero mis cuerdas vocales estaban en shock. Mi estómago estaba vacío pero las arcadas llegaron hasta hacerme sentir el sabor amargo de la bilis. Apreté las sienes con mis manos, tanto que parecía que la cabeza se me volatilizaría. Una bocanada de aire entró en mis pulmones, quemándolos, y se quedó atrapada. Era imposible echarla fuera de mí. Un ardor parecía apretarme el pecho y me ahogaba. Interiormente gritaba con desconsuelo, tanto que mi cuerpo parecía deshacerse en pedazos dentro de aquella asfixiante oscuridad… y cuando ya parecía que mi corazón se pararía haciéndome explotar el pecho, sentí el calor de una mano que apretaba la mía. No podía ver nada, pero sentía su presencia y sus vibraciones que me daban una extraña e inquietante paz. Solté todo el aire de golpe, tan rápido que me dolió el pecho escandalosamente. Sentía que esa mano me invitaba a seguirla, como si algo raro me envolviese, y me sentí flotar en un vacío negro e infinito, sumido en aquella oscuridad que no me abandonaba.
Y de repente luz, mis ojos se inundaron de una luz cegadora. La sensación de paz era infinita, solo yo parecía estar en el mundo acompañado de aquella mano que sostenía la mía. La mire y ahí estaba junto a mí. Era la mano de un hombre alado que me dijo:
- Hoy vuelve a empezar todo para ti.
- ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? - le pregunté, oyéndome con eco.
Y levantando el vuelo, soltándome la mano, entre el agitar de sus alas me dijo sonoramente mientras desaparecía:
- Mi nombre es DESESPERACIÓN.
De pronto el mundo me envolvió de nuevo. El ruido volvió a inundar mis oídos. La gente corría gritando, pasaba por mi lado hacia un punto a mis espaldas, ignorándome como si fuese invisible. Me giré lentamente elevando la vista y vi la ventana del cuarto piso abierta. Dejé resbalar la mirada por la fachada hasta el suelo y lo que vi me dejó petrificado. En la acera, sobre un charco de sangre, yacía mi cuerpo inerte.
A oscuras me levanté y fui hacia la ventana. Busqué a tientas la tira de la persiana y la subí. En ese instante el cuerpo se me heló a pesar del calor de los rayos del sol, que a través del cristal, se posaban en mi piel. Era como si se convirtiesen en mil cuchillos clavándoseme por
todo el cuerpo de forma agónica. Cerré los ojos y los volví a abrir. Todo seguía a oscuras. Las piernas me empezaron a temblar y mi respiración se aceleró. Un sudor frio afloró por todo mi cuerpo y perdí el equilibrio hasta que mis manos encontraron la pared. Entonces recordé las palabras del médico después de mencionar aquella cifra tan corta: “El principio del fin empezará por la ceguera”
Me lleve la mano a la cabeza tirándome de los pelos. Quise gritar, pero mis cuerdas vocales estaban en shock. Mi estómago estaba vacío pero las arcadas llegaron hasta hacerme sentir el sabor amargo de la bilis. Apreté las sienes con mis manos, tanto que parecía que la cabeza se me volatilizaría. Una bocanada de aire entró en mis pulmones, quemándolos, y se quedó atrapada. Era imposible echarla fuera de mí. Un ardor parecía apretarme el pecho y me ahogaba. Interiormente gritaba con desconsuelo, tanto que mi cuerpo parecía deshacerse en pedazos dentro de aquella asfixiante oscuridad… y cuando ya parecía que mi corazón se pararía haciéndome explotar el pecho, sentí el calor de una mano que apretaba la mía. No podía ver nada, pero sentía su presencia y sus vibraciones que me daban una extraña e inquietante paz. Solté todo el aire de golpe, tan rápido que me dolió el pecho escandalosamente. Sentía que esa mano me invitaba a seguirla, como si algo raro me envolviese, y me sentí flotar en un vacío negro e infinito, sumido en aquella oscuridad que no me abandonaba.
Y de repente luz, mis ojos se inundaron de una luz cegadora. La sensación de paz era infinita, solo yo parecía estar en el mundo acompañado de aquella mano que sostenía la mía. La mire y ahí estaba junto a mí. Era la mano de un hombre alado que me dijo:
- Hoy vuelve a empezar todo para ti.
- ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? - le pregunté, oyéndome con eco.
Y levantando el vuelo, soltándome la mano, entre el agitar de sus alas me dijo sonoramente mientras desaparecía:
- Mi nombre es DESESPERACIÓN.
De pronto el mundo me envolvió de nuevo. El ruido volvió a inundar mis oídos. La gente corría gritando, pasaba por mi lado hacia un punto a mis espaldas, ignorándome como si fuese invisible. Me giré lentamente elevando la vista y vi la ventana del cuarto piso abierta. Dejé resbalar la mirada por la fachada hasta el suelo y lo que vi me dejó petrificado. En la acera, sobre un charco de sangre, yacía mi cuerpo inerte.
lunes, 4 de febrero de 2019
RECICLANDO/FILOSOFANDO (Ángeles Madriñan)
Guindo no lixo
pan reseso
macarróns con mofo
e reproches do mediodía
Ti que presumes de reciclar
separa
simplifica
Se me queres
queda
contedor verde, orgánicos
Se non me queres
marcha
lisca
contedor amarelo, plásticos
Pero non aguilloes
non rifes
non me manques
non enchas de tristuras
o contedor de papel
pan reseso
macarróns con mofo
e reproches do mediodía
Ti que presumes de reciclar
separa
simplifica
Se me queres
queda
contedor verde, orgánicos
Se non me queres
marcha
lisca
contedor amarelo, plásticos
Pero non aguilloes
non rifes
non me manques
non enchas de tristuras
o contedor de papel
Suscribirse a:
Entradas (Atom)